El Cuervo: Nuestro lado oscuro

El primer recuerdo que tengo de “El Cuervo”, es el del típico póster promocional para el cine de la ciudad, fijado con un par de tiras de celo en la cristalera de un desangelado bar próximo al instituto en que cursé mis estudios de FP. Allí salía aquel tipo, absolutamente de negro, inmerso en la oscuridad, apenas bañado por un haz de luz vertical que nos mostraba una cara muy pálida, blanca y extraña. Como si se tratase del maestro de pista de algún circo diabólico, de un maldito payaso infernal… Me quedé unos segundos analizando la imagen y supongo que fijándola en algún lugar de mi mente. Recuerdo igualmente como, al volver a casa, hice un vago comentario a mi hermano al respecto… “tiene pinta de super-héroes, habrá que verla…”

Sí, eso es una infancia freaky… qué pocas luces…

La película data de 1994. Dirigida por Alex Proyas y protagonizada por Brandon Lee, el primer hijo del mítico y malogrado actor, maestro de artes marciales, Bruce Lee. En su prólogo, unos planos aéreos nos sitúan en la “Noche del Diablo”, el 30 de Octubre en una ciudad de nombre sin precisar. Una joven pareja ha sido asaltada en su domicilio, la noche anterior a su boda. Shelly, violada y golpeada, muere en el hospital. Su prometido Eric Draven, es asesinado al intentar socorrerla. Un año después, guiado por un cuervo, él regresa de la muerte convertido en un ángel vengador: El Cuervo / The Crow.

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Con los años se ha convertido en una película de culto, por varias razones. El director demuestra sus buenas maneras y nos sirve un excelente anticipo de lo que sería la también magnífica y poco reconocida Dark City, acompañado por la adecuadísima y asfixiante fotografía de Dariusz Wolski (también responsable en la de Dark City) y una excelente banda sonora que destaca por su calidad, repleta de sonidos duros, guitarras potentes y grupos como The Cure, Stone Temple Pilots, Rage Against the Machine y Pantera. Por supuesto, incluye una balada para recordar de Jane Siberry: “It can’t rain all the time”. Una de las frases que se ha hecho también mítica dentro del largometraje. Otra razón de peso para su mitificación fue, por desgracia, el fallecimiento durante su rodaje de Brandon Lee en lo que fue un… extraño accidente. Al parecer, en una escena con armas de fuego, se usó munición real. Hay otras versiones de su muerte, pero esta es la más extendida. Incluso se llegó a decir que se usó la escena en la película, lo que nos llevaría a la primera “snuff movie” de la historia… Sumemos esto a la “maldición” que, dicen, pesa sobre los primogénitos de la familia Lee, y que Brandon se casaba 2 semanas después de acabar el rodaje… y lo tenemos todo. Se usaron dobles y técnicas digitales para finalizar el rodaje. Una de las primeras ocasiones en que se utilizaron para el cine.

Como adaptación, es una de las más fieles. Sí, he dicho bien. Por aquel entonces, ignorante de mí, desconocía que el film estaba a su vez basado en el cómic gótico de homónimo nombre, del dibujante y guionista James O’Barr. Lo realizó en 1981, después de que su novia muriera en accidente de tráfico, por culpa de un conductor ebrio. O’Barr dejó escapar todo aquello que estaba conteniendo en su interior, consumiéndole, y le dio forma (“La mano no es diferente de lo que crea”- A.A. Atanasio), creando a un personaje a tener en cuenta a partir de ese momento. El Cuervo, como confesó su creador, bebe de figuras de la música dark y new age inglesas. Su música le inspiró esa atmósfera oscura que destila la obra. Su anti-héroe es una mezcla de la expresión corporal de Iggy Pop (que después participaría en la secuela y en su BSO.), y de la imagen de Robert Smith, cantante de The Cure. Una especie de bufón trágico, un anti-héroe por definición, una imagen alegórica de la muerte. Un espíritu que vuelve del más allá para dictar sentencia y administrar justicia, implacable y frío. Retazos de la poesía simbolista de finales del siglo XIX, de Baudelaire, Rimbaud o Poe (de éste último es el poema que recita Eric en la película al entrar en la tienda de Gideon). El personaje representa la parte más brutal y devoradora de este animal, de este dios antiguo, de esta faceta supersticiosa que posee una miríada de significados en diversas mitologías, romana, griega, nórdica, celta, indios americanos, germanos, tribus siberianas, china… Incluso el propio nombre del protagonista, , nos remite al animal (Raven en inglés).

La ciudad viene a ser la trampa en la que todos vivimos, la cárcel invisible que nos rodea, un lugar maldito y sin esperanza, donde la humanidad nos muestra lo inútil de su existencia. Todos sus defectos. Excepto Eric y Shelly, la perfección del amor, el último reducto de humanidad. Por ello, El Cuervo es un compendio de pena, rabia y dolor, que repudia lo que vivió, pero reclama lo que perdió. Así que castiga por ello… ¿Justificadamente?

El tema podría considerarse polémico. Un verdadero caos axiológico que dejaremos para otro día. El cómic es oscuro, con tramas de grises y negros poderosos, extremadamente violento. La película minimiza un poco esta contundencia, pero sigue manteniendo la idea, esa emotividad que impregna su discurrir, esa pena envolvente y ese romanticismo entre líneas. Porque El Cuervo es una historia de acción, es una historia trágica, es una historia de amor. Cómic o película, película o cómic, el trasfondo del personaje es el mismo. Su motivación y su sendero. No hay muchas diferencias entre ambos. Detalles necesarios, como la aparición de Sarah en el film como nexo entre personajes, o la inclusión de un “jefe final”. En una introducción del cómic, leemos:

“Un día perderás todo lo que tienes. Nada te preparará para ese día. Ni la fe, ni la religión… Nada. Cuando muera alguien a quien amas, conocerás el vacío… Sabrás lo que es estar completamente solo. Nunca olvidarás y nunca perdonarás. Los solitarios no suelen hablar de una manera tan íntima y tan exhaustiva como lo hace James O’Barr en este libro. Así que, por lo menos, aprende del cuervo esta lección: Piensa en lo que puedes perder.”
(John Bergin)

No nos engañemos. Al fin y al cabo, todos y cada uno de nosotros encontramos cobijo bajo sus alas extendidas, llevamos una parte de su sombra en algún rinconcito de nuestro corazón, oculta bajo capas de hipocresía, de apariencia, de autocontrol y del qué dirán. El amor y el odio, la ira y la bondad, la rabia y el cariño no son más que extremos de una misma cuerda… nos balanceamos en ella constantemente, haciendo juegos malabares e intentando no caer al vacío.

Hasta que llegue ese día…

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